Podría
Te podría decir que tengo en manos muchos proyectos … o tal vez te podría decir que no tengo proyectos.
Te podría contar y describir todos los lugares por los que he viajado … o te podría descontar mi sedentarismo innato.
Te podría narrar preciosistas cuentos que rezuman de mis manos … o te podría escribir que no hay escritos en mi agenda.
Tantas cosas podría decirte que al final, en este instante, no te estoy contando nada.
Benigno
Me llamo Benigno, y un ángel de alas rasgadas me cambió el alma. Un ángel de alas rasgadas, de un color que no sabría describir, tal vez blanco oculto entre sombras. Un ángel herido, enfermizo en sus maneras. Un ángel cuyas alas no servían para volar. Unas alas formadas por células muertas. Unas alas que solo un ángel sin bondad puede llevar. Un ángel que fue despojado de toda bondad, arrancada mediante latigazos en la espina dorsal. Un ángel que lloró al nacer y comprender que su bondad iba a ser esculpida en su sistema nervioso y arrancada a mordiscos desde el infierno. Un ángel que nació con las alas rasgadas. Un ángel que me cambió el alma porque me dio de comer un corazón de niño. Un niño con alma, con infancia y, sobre todo, con bondad. Un niño al que el ángel al que le habían arrancado su bondad plantó su propia semilla para recoger la bondad que no podía regalar. Y, por eso, el ángel me ofreció el corazón de ese niño a modo de tinaja repleta del líquido bondadoso. Porque el ángel de alas rasgadas sabía que mi alma no guardaba bondad alguna, y tuvo que buscar al niño semilla de bondad. Solo con el corazón del niño podía devolverme la característica que un ángel de alas rasgadas perdió a mordiscos. Mordiscos en el infierno, mordiscos en el aire, mordiscos en la tierra, mordiscos al vivir, mordiscos al morir. El ángel de alas rasgadas que vivió con su bondad esculpida en su sistema nervioso y que murió al ofrecerme el corazón de un niño. Un ángel al que nunca vi. Un ángel que me cambió el alma y me llamó Benigno. Me llamo Benigno.
Un dos tres
El escondite inglés, un dos tres el escondite inglés, un dos tres regalo arco iris, un dos tres los colores irradian de mis manos, un dos tres, regalo muñecos, un dos tres los muñecos sois vosotros, un dos tres no huyáis, un dos tres, no os alejéis pordios, un dos tres, gotas de agua, un dos tres, mojáis mi cuerpo, un dos tres, escondite inglés, un dos tres, no penséis que os libráis, un dos tres, fotografías literarias, un dos tres, autoras autores, un dos tres, me río de la autoreferencia, un dos tres, os siento grises, un dos tres, pintaos el pelo, un dos tres, recitad conmigo, un dos tres, cantad y reid, un dos tres, jugad conmigo, un dos tres, empiezo yo, un dos tres el escondite inglés.
Foto 1: un (ver enlace).
Foto 2: dos (ver enlace).
Foto 3: tres (ver enlace).
El escondite inglés (ver enlace).
Ahora al revés:
Tres dos uno, juego como ninguno, tres dos uno juego con vosotras, tres dos uno, río y canto, tres dos uno, recito y me pinto el pelo, tres dos uno, me cansa la autoreferencia, el escondite moruno tres dos uno.
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El sueño
Una noche, un sueño mío se escapó. Comenzó como una especie de broma; soñaba que perdía el tren, no podía alcanzarlo, los vagones se difuminaban ante mis ojos sin que pudiera dar un pequeño salto para viajar al campo de flores azules. Sin embargo, noté algo extraño, y mi intuición, cómo no, tuvo éxito: el tren era mi sueño que se escapaba, muy listo.
Amigos como éramos, el sueño me esperó sentado en un banco del parque que hay al lado de mi casa. Pasamos una tarde agradable, yo haciéndole ver que estaba enfadado porque se había escapado; él haciéndome ver que hallaba compungido ante su afrenta. Al final, terminamos comiendo croissants entre anécdotas y risas, muchas risas.
Cuando me aburría, el sueño me obligaba a mirar su ojo vago, el de las imágenes, el que asombra y sorprende por su exactitud ante las apariencias. Y ahí estaban mis amigos reales, impresos sobre huevos de gallina, mirándome de reojo sin saber qué hacer, escondidos sobre el caparazón de la tortuga invisible de cinco patas. Abstracto, como mi amigo el sueño. Retazo, como el recuerdo del color azul que impregna la única flor acariciada por el rocío. Inefable, como la cajonera que guarda los papeles quemados que quieren esconder los primeros escritos, aquellos que conllevan ingenuidad y vergüenza. Y el sueño me muestra el extraño haiku que ha imaginado, con tres versos que él imaginó palabras, cinco siete cinco sílabas que él imaginó versos, y una palabra, sueño, que reina el reinado del abstracto inefable, retazo de una imagen que se funde sobre tres fotografías escritas.
No hay sueño que escape sin que se lleve algo tuyo; no hay sueño que huya sin que tengas que perseguir por un beso mal enviado. Pero sueña y dibuja sobre el manto de estrellas y serás libre para volar y mirar a lontananza las palabras que no aceptas como tuyas.
Foto 1: la flor azul (ver enlace)
Foto 2: el tren (ver enlace)
Foto 3: miradas (ver enlace)
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De joven fui un James Bond
Yo de joven fui un James Bond, pero no de los de ahora, brutote y asesino. Yo era más de los de traje bien puesto y mujeres rondando bajo la luz de una copa de Martini … Bueno, en realidad tampoco era Martini. Lo de la aceituna sí, de las rellenas de anchoa, pero el Martini era una mezcla de agua de mar con restos de berberechos; bueno, lo que se dice bueno, no estaba, pero mi sueldo sólo me llegaba para el brick de Don Simón, con todos mis respetos al creador del vino y del juego de los cuatro colorines, que gracias a las dos cosas obtuve una impresionante capacidad de razonamiento y una resistencia a las drogas más duras.
Supongo que os quedáis con la parte más glamurosa de ser un siete a la derecha de dos ceros, pero en las películas no te hablan del sueldo mileurista ni de la halitosis congénita que tienen todos los malos malotes. El primero me sorprendió, pero a partir del tercera te acostumbras a hablar poco con ellos, no porque no tengas de qué hablar (me gustaría conocer la psicología del malo malote con halitosis), sino porque no quieres que te echen su asqueroso aliento.
Los trajes me los cose mi madre, cómo no, que el gobierno no tiene dinero para contratar a costureros; caray, miedo me da imaginarme lo poco que pueden cobrar si yo no llego a los 1000 euros.
Una cosa que sí aciertan las películas son las huidas precipitadas de las chicas, pero precisamente por el escaso sueldo. Obviamente son mujeres de alta alcurnia, y decirles a la cara que no puedes pagarle esos pendientes hace que tu puntuación pase de cien a cero en diez segundos.
Y los coches, no hablemos de los coches. Esos de gama alta son inalcanzables para mí. Como mucho, me dan un bonobús de transporte público y ahí te lo apañes. Al menos, los del departamento de inventos me regalaron un monopatín que me sirve para perseguir a los malos, y esta es la razón por la que suelo quedar con ellos en castillos y sitios altos, porque así puedo perseguirles cuesta abajo y casi siempre les puedo pillar, salvo uno que me descubrió y el jodido sólo quería quedar en la playa para luego escapar cuesta arriba. Ya le pillaré, ya.
En fin, que la vida de James Bond está bien y tal, pero sólo para cuando empiezas, porque luego deseas un sueldo más acorde con la realidad y un coche propio, de los que puedes lavar los fines de semana porque te apetece. Lo único que echo de menos es ver a mi madre remendar los trajes, porque ahora dice que como tengo un sueldo mejor, me puedo permitir el lujo de pagar a un costurero. Madres.
La palabra
(Texto presentado en un concurso de microrrelatos de la Fnac)Llevo muchos meses rondando por el desierto de su mente; a veces he sentido la ausencia de agua, casi siempre he sufrido la soledad y nostalgia propia de la hormiga perdida. Pero es ahora, tras las dunas, cuando la puerta se abre cegándome de ilusión con un mundo que nunca hubiera imaginado, permitiéndome conocer a mis iguales, buscando mis medias naranjas, sean una, dos o mil.
Afortunadamente, encuentro una silla, me la han guardado, y me siento; descanso de mi agonía y comienzo a despertar del letargo y a disfrutar del paraíso que me ofrecen ante mis sentidos.
Ahora puedo dormir. Mi autor, mi creador, me ha escrito en su hoja vacía, y la he rellenado con su complicidad. Soy feliz, porque él me ha dado la vida. Soy, y estoy, en una frase que decorará la historia impresa en un libro.
Gracias. Soy feliz. Ahora solo quiero descansar.
El tiempo y el espacio (soliloquio)
Podría volar podría amar podría viajar viajo amo vuelo pienso sigo pensando no dejo de pensar en el tiempo y en el espacio el tiempo que va y no vuelve el espacio que si vuelve se deja atrás no hay tiempo sin espacio no hay espacio sin tiempo las góndolas susurran calles de agua la torre eiffel danza sobre colores sepia la oscuridad ilumina el árbol sobre el que me apoyo las agujas del reloj se tornan ruidosas y giran en su sentido ya quisiera yo verlas retroceder pero tarde o temprano se desintegrarían en la descomposición de colores del arco iris un arco iris de menos colores de menos espacio y de menos tiempo volamos al andar sobre hojas muertas porque nuestros pies no soportan la agonía natural y nos gusta volar tanto como a los pájaros les gusta andar solo odiaríamos volar si lo hiciéramos día tras día está en nuestra naturaleza está en mí noto que la aguja de la torre eiffel apunta al doce el principio y final del tiempo y el espacio ahora me encuentro apoyada en un árbol vertical el que marca las doce el que marca el principio del espacio y el tiempo y sin embargo no se mueve permanece quieto como distante enseñándome que el tiempo no lo es todo que las manecillas no retroceden pero que se pueden pausar me ha dado una lección este sabio árbol debo pausar mi tiempo pues mi espacio se ha pausado debo detener mis pensamientos debo respirar y sentir debo volar y amar viajar y pensar porque podría volar y podría amar podría viajar y viajo amo…
Fotos:
Paris in PX-100 (enlace)
Time and Space (enlace)
Explored (enlace)
Visión fractal
Todo depende de la distancia a la que se ve el plano que queremos mantener. Si nos acercamos demasiado, una simple llama de un mechero parece un incendio de proporciones apocalípticas. Si alejamos nuestra visión, las llamas dibujan bellas formas en movimiento y apreciamos en nuestra quietud el desplazamiento de las formas abstractas, los ríos de líneas y contornos que nos indicaran un recorrido hacia un bodegón exclusivamente floral, formado por arreboles y nimbos que huyen del temible y temido león. Sus garras, las garras nombradas así, con mayúsculas, zarpas que reparten colores en mi piel cada vez que me sorprenden violentamente. No deseo esconderme del miedo que puebla en mis uñas, sería escatológico. Simplemente añadiré que la insuficiencia con la que entablo determinadas conversaciones apáticas establece un vínculo no amoroso entre el plano en el que estoy apreciando el fuego y las flores artificiales iluminadas con filamentos ardientes. Es ley de vida, digo yo, que un suceso extraño conlleve una ideología extraña, y no es de extrañar pues que para esta ocasión me anude la corbata en silencio, con la cabeza gacha, dispuesto a encenderme un cigarro. Voy a por el mechero.
Fotos:
Macro melter: enlace.
Swimming through my veins: enlace.
Quinta flower: enlace.
La fotografía
Me regalaron una cámara fotográfica, y debo confesar que no tenía ni idea de cómo usarla. Lo primero que hice fue imaginar que era un fotógrafo con éxito, así que me dediqué a hacer posturitas con tamaño cacharro. Qué divertido, qué estrella mediática… Bueno, en realidad yo me encontraba en la parte gris del estrellato.
Más calmado, anduve por las afueras de la ciudad buscando mi foto, la que me iba a inmortalizar mi primer día como fotógrafo. Además, una ligera niebla cubría el terreno, con lo que pensé que no había mejor ambiente que capturar. Qué linda la arboleda, qué romanticismo adentrarme por el sendero para contar las piedras del camino. Estuve paseando horas y horas, contemplando todo aquello que merecía ser contemplado. Y así, sin darme cuenta, retorné a mi hogar con el ánimo sereno y tranquilo … aunque sin ninguna foto. ¡Pardiez! Se me olvidó pulsar la tecla, qué cerebro el mío. ¿Qué hago ahora? Rápido, sal al balcón y fotografía lo primero que te aparezca.
Y lo primero que apareció fue una mariposa fea, sin colorido alguno que me maravillada. Tan solo hubo un detalle que captó mi atención: la mariposa, quieta, en un gesto extraño, me guiñó. Al principio, el detalle me sorprendió, y pensé: ¿una mariposa me guiña? Pero yo, con una rapidez que nunca admitiría tener, saqué la cámara fotográfica y capturé ese ojo tan bello que me guiñó.
Fotos:
El fotógrafo (enlace).
Los árboles y la niebla (enlace).
El ojo de la mariposa (enlace).
La lluvia y ella
La noté ausente sentada en aquella incómoda postura; no sabría decir en qué pensaba, quizás en una ilusión, posiblemente en un encuentro fortuito. Quería acercarme y acariciarle sus delicados pies, sentía la necesidad de rescatar de los escombros del garaje mi vieja guitarra y tocar aquellos temas con que antaño la sorprendí.
La noté ausente, pero serena; no sé cuánto tiempo llevaba sentada en aquel puente; en qué mundos imaginaba viajar; qué problemas tenía. Tal vez podría ayudarla. Era difícil al verla ausente como yo la sentía, y así fue hasta que llovió. Yo corrí a refugiarme, no soporto las gotas punzantes y durante un rato, lo confieso la perdí de vista.
Un tiempo después paró la lluvia, y la luz del sol volvió a iluminar el puente; la lluvia se secó rápidamente, pero ella no volvió y yo, ingenuamente, me senté en el mismo sitio y con la misma posición que ella y, sorprendido, me fijé que ella no había estado ausente sino que miraba fijamente una gota que reposaba sobre un muro antes de la lluvia y que, milagrosamente, permaneció en el muro después del goteo incesante de sus hermanas.
¿Y por qué sé que miraba fijamente la gota? Porque ahora ella, mirándome fijamente, se encontraba presa dentro de la gota, y confiaba en que volviera a llover para que pudiera cambiar su sitio por el mío. Pero eso no iba a suceder; me levanté, me despedí de ella y me fui bailando hacia mi casa.
Fotos:
Ella (ver foto).
Guitarra (ver foto).
La gota (ver foto).
